Sin hijos por elección: una decisión que podrías vivir para lamentar…

“El Padre Eterno envía cada vida con razón. El espíritu de la vida es infundido en el cuerpo al momento de la concepción. Al momento de la concepción el alma es unida al cuerpo. Aunque crece de una semilla pequeña, ¡está viviendo y no debe ser destruido! Es asesinato Mis hijos, el destruir la semilla.

“Todos los que cometan este terrible acto de asesinato, Mis hijos, no pueden entrar en el Reino Celestial a menos que se arrepientan de este repugnante crimen. Ellos deben en su arrepentimiento aceptar una penitencia sobre la tierra por sus actos que traen gran dolor al Corazón del Eterno Padre.”-Nuestra Señora de las Rosas, 27 de diciembre, 1975

Mercato.net reportó el 30 de septiembre, 2012

Cuando se trata de decisiones mayores de la vida, ¿quién no en su buen pensar escogería lo que suena como más diversión y menos trabajo? Esto, de acuerdo con un observador, es la razón detrás de una nueva tendencia en Canadá: sin niños. Dice Joe O’Connor en un reciente Post Nacional:

Imagínese un escenario en donde, un viernes en la noche, después de andar de aquí allá como pollo sin cabeza en el trabajo toda la semana usted llega a su hogar, besuquea a la persona que ama, se sirve un vaso de vino y disfruta del silencio, la paradisiaca quietud de ser una pareja comprometida y adorada—sin hijos.

Por supuesto. No se requiere grandes esfuerzos de imaginación, y mientras no estoy de acuerdo con su tono este-tipo-es-simplemente-puro-egoísta, sí pienso que el Sr. O’Connor ha puesto su dedo sobre un verdadero problema. Entre las presiones del trabajo y las posibilidades para la auto indulgencia las parejas de hoy podrían fácilmente decidir que no hay espacio en sus vidas para los hijos.

No es exactamente una nueva noticia que las naciones occidentales están en una caída demográfica, pero las estadísticas nunca son placenteras de contemplar. Los número del último informe del censo de Canadá muestra que casi la mitad de las parejas canadienses (44.5%) están “sin hijos”.

Por supuesto las estadísticas están distorsionadas de alguna manera por la inclusión de los nidos vacios de los Boomers: gente que tiene hijos que no están viviendo bajo su techo. Y sabemos que familias más pequeñas son una tendencia a largo plazo. Sin embargo, el sociólogo de la Universidad de Calgary Kevin McQuillan confirma que existe un nuevo elemento, “un alejamiento del tener hijos por parte de las parejas, punto.”

Quizá más como un punto de exclamación: la elección en-tu-cara “sin hijos por elección” la misma que ha estado de moda por décadas, aunque fui librada de ella en mi pueblo natal, donde cinco hijos era considerado una familia pequeña. Recuerdo el desconcierto y la sorpresa de la mentalidad anti-hijos de la sociedad cuando era estudiante de la universidad y después una mamá joven ingenua en los años 80s; ahora, no tanto. Sólo me gusta sentarme y saborear la ironía.

O’connor cita a una mujer sin hijos quien dijo en el post: “Los beneficios de no tener hijos están en la entrada a la cochera, en nuestros guardarropa y estampado en nuestros pasaportes. Los hijos son caros.”

¿Y el gastar espléndidamente en ti, no lo es? Ya no enseñan lógica en las escuelas, ¿o sí? Y no necesitan enseñar “primero yo” o “el camino de menos trabajo”, ya que simplemente es impregnado en nosotros desde el medioambiente en estos días. Hazlo si se siente bien; hazlo si es conveniente; evita el sufrimiento a toda costa.

No siempre fue así. Como dice O’Connor, “tener hijos solía ser el propósito de juntarse. Era la gran aspiración—además de encontrar el amor eterno—un impulso biológico de ir hacia delante y multiplicarse y, después, una vez que tus bebés alcanzaran cierta edad, lisonjearlos acerca de los beneficios y méritos de poner su grano de arena al unirse al club de los padres mientras que en el proceso le daban a Papá y Mamá algunos nietos.”

Su inclusión de la biología suma un punto para la ley natural: ya que la reproducción humana es natural, es del mismo modo natural el desear hijos. A pesar de esta claridad, algunas parejas no lo ven así. ¿Qué ha ocurrido para frustrar este deseo? La elección curiosa de O’Connor de la frase de la Biblia “vayan y multiplíquense” nos da una pista de la (insignificante) motivación espiritual que inspiró a generaciones anteriores. Vinculado con esto estaba un sentido de mayor responsabilidad hacia la sociedad, la cual él evoca con su comentario “poniendo su grano de arena”.

No sería muy  inteligente argumentar que toda la gente tiene la responsabilidad de reproducirse; en el pasado, la sociedad dependía de algunas gentes que permanecían solteras para cuidar de los ancianos y huérfanos y dedicarse a sí mismos completamente en servir en profesiones y las artes. Aun más, la paternidad es una vocación que va con el matrimonio, y no toda la gente que se siente llamada, por así decirlo, son exitosas en encontrar una pareja. Otros parecen eminentemente no aptos para criar hijos.

Hoy, muchas personas jóvenes están infectadas con la mentalidad de los fatalistas, ambientales y otro tipo, quienes argumentan el opuesto polar del imperativo de la reproducción: que los humanos tienen la obligación de extinguirse para poder salvar la Madre Tierra—para qué, no estamos seguros. Estas personas podrían argumentar que es posible tener un hijo por razones totalmente egoístas.

Todavía, como sugiere O’Connor, tenemos una sociedad que provee muchas tentaciones a la auto-indulgencia y pocos incentivos por los sacrificios requeridos por criar hijos: “Lejos se fueron el cambiar pañales y las clases de ballet, reemplazadas por yoga de moda y viajes de compras a la Ciudad de Nueva York.”

En otras palabras, la vida sin hijos es un viaje de gozo que nunca termina. Ahora entramos el mundo del mito, donde  yo pondría la contención que la vida con hijos es sobrecogedoramente estresante, exhaustiva, cara y subyugante. O que (horror de los horrores) tener bebés te hace vieja, desaliñada y gorda.

De hecho, el tiempo te hace vieja, la glotonería te hace gorda, y la apatía y el descuido te hacen desaliñada. Sólo puedo hablar por las mamás, pero muchas de nosotras ha pasado más allá que la típica mamá gorda y desaliñada, quizá es tiempo que pongamos a la cultura popular en su lugar. El patinar con tus seis hijos en la pista de patinaje local no solamente es tan vigorizante como el yoga caliente, también es mejor para la economía.

Pero aún si a los que no tienen hijos no les importa el colapso económico (y con ello el estado de la seguridad de la sociedad), a lo mejor ellos podrían ser invitados a reconsiderar sus opciones en nombre del interés propio. O’Connor concluye con un memento mori: “¿Qué será de aquellas…personas cuando la decrepitud inevitable llegue; cuando se hagan ancianos, como inevitablemente a todos nos pasa, y los hijos que ellos decidieron no tener no estén allí para cuidarlos?”

Él podría haber agregado lo siguiente, pero ya que no lo hizo, yo lo haré. Imagínense un escenario en donde, un domingo en la tarde, estés sentado(a) ociosamente por horas interminables desplomada en tu silla de ruedas en la pequeña y rígida recámara de la casa de ancianos, la cual, dado a la sobrepoblación, compartes con una compañera de cuarto renegona (¡gracias a Dios que ella está en la sala para su visita semanal con su familia!).

Piensas melancólicamente en tu esposo, muerto ya hace tiempo. Comienzas a llorar y tu nariz comienza a moquear. Te caería bien una servilleta o pañuelo, pero estás cansada y no tienes la fuerza para darle a la silla tú sola al otro lado de la cama. Tu pañal está sucio, pero sabes que la asistente no estará por allí hasta en 45 minutos. Tu sabes que no tiene caso que pidas ayuda; la casa de ancianos está faltante de asistentes crónicamente (no estás segura porqué).

Disfruta del silencio, la dichosa quietud mientras recuerdas haber sido parte de una comprometida y adorable pareja—sin hijos.

Fuente: TLDM.org

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